En la estancia del diminuto departamento ya semivacío —quedan algunos cuadros, pocos muebles, un par de tazas—, un solo objeto hace de epicentro: el piano. Inmutable y robusto, debe pesar unos 300 kilos. No cabe en la caja que quedó del último pedido de Amazon ni en la backpack ni en la maleta. “La relación íntima que tenemos los músicos con nuestro instrumento es muy especial, incluso le llegué a poner nombres a mis pianos”, dice Ana Gabriela Fernández mientras pone sus manos sobre el Yamaha negro. “Es algo que se da tras las tantas horas que pasamos juntos. Horas de frustración, de alegría, de esfuerzo. Pero contrario a lo que pueden hacer los violinistas o los saxofonistas —por mencionar un ejemplo—, los pianistas no podemos llevar nuestro instrumento con nosotros todo el tiempo. No es portátil y eso, no sé… Es muy fuerte”. Tan lo es que, a inicios de este año, Ana Gabriela se mudó a París y “Stravinsky” —como lo bautizó— tuvo que buscar un nuevo hogar. “Estoy muy contenta. Siento que estoy creciendo muchísimo como pianista”, nos dice desde su nueva ubicación parisina. “Ya estoy dando clases en una academia y estoy aprendiendo mucho porque tengo alumnos increíbles. Me estoy preparando para dar un concierto en julio, tengo unos viajes a Viena en octubre que serán muy importantes para mí y daré una conferencia en la Universidad de Lucerna, en Suiza. ¡Estoy tan insertada en la sociedad aquí que ya hasta pago impuestos!”. Por la música, Ana Gabriela ha aprendido a adaptarse a todo y cambiar de país en pos de ser una mejor pianista. No es nuevo para ella.
Fotos: Andrea Tejeda Korkowski
Hace 13 años llegó a la Ciudad de México desde la Habana, Cuba, donde nació y tuvo su primera formación como pianista. Hija de un ingeniero de sonido y una musicóloga, con solo seis años de edad decidió que quería dedicarse al piano de manera profesional. A los siete ingresó a la Escuela Nacional de Música y a los 11 hizo su debut con la Sinfónica Nacional de Cuba. En 2013 supo que debía dejar la isla para seguir creciendo y llegó a México para estudiar con la profesora Ninowska Fernández Britto y en la Facultad de Música de la UNAM donde, además de graduarse con mención honorífica de su maestría y su doctorado en interpretación musical, estudió un posdoctorado en filología. “Cuando llegué de Cuba [su familia aún está allá] fue un gran impacto porque me encontré con una ciudad completamente distinta a la mía. Tuve que aprender a cuidarme sola, a pagar mis cosas sola. Pero la Ciudad de México me fue dando muchísimas herramientas. Es maravillosa y creo que su mezcla de caos y grandeza te convierte en una persona capaz de sobrevivir en cualquier parte del mundo”. Para Ana Gabriela, dejar el país que fue su hogar no fue del todo fácil. Tenía amistades, una casa, un piano. Pero era, como ella misma apunta, un paso fundamental en su crecimiento como artista.
Dicen que siempre queda París
La frase inmortal de la película Casablanca, las canciones de Édith Piaf, la historia de las vanguardias del siglo XX… hay muchas razones por las que generaciones enteras de artistas y creativos han soñado siempre con París. Ana Gabriela no es la excepción y desde que era niña anhelaba estudiar algún día en el Conservatorio de dicha ciudad y dar recitales en los escenarios donde se han presentado pianistas que la han influenciado, como la argentina Martha Argerich. Eso nos lo contó aún en México —en una de las pocas calles tranquilas que le quedan a Coyoacán— durante los últimos días que pasó en aquel minúsculo departamento que habitaba con “Stravinsky”. Cuando nos vimos para fotografiarla, a su elegante vestido negro le añadimos un accesorio a contraste: un reloj Rope de oro amarillo con diamantes, carátula de madreperla y correa de aligátor en el emblemático azul de Tiffany & Co., una firma que, para Ana Gabriela, marcó una entrada al mundo del lujo y la relojería.
Inspirado en el motivo de cuerda trenzada que Jean Schlumberger convirtió en sello personal, Rope es el primer reloj de Tiffany & Co. que se alimenta del sol. Técnico y poético, solo dos minutos de luz le dan 24 horas de energía a su movimiento. Foto: Andrea Tejeda Korkowski
“Para mí fue adentrarme a un universo que tiene mucha relación con la creación artística. No solo en su concepción, sino también en su apoyo a las artes. Coco Chanel fue mecenas de Igor Stravinsky y ahora marcas como Rolex, Cartier, Bvlgari y Audemars Piguet tienen programas importantísimos relacionados con la cultura; eso lo fui descubriendo gracias a una serie de personas maravillosas que fui conociendo a partir de mi trabajo y, en particular, a Pamela Ocampo. Ella fue la primera que confió en mí”. Ocampo, directora de Comunicación, PR y Eventos de Tiffany & Co. en México animó a Ana Gabriela a sumar la belleza de disciplinas creativas como la moda, la joyería y la relojería a su presencia escénica. “‘Intentemos que Dior te preste un vestido’, me dijo Pamela un día y me presentó con las personas que trabajan en la marca. A partir de eso ocurrió una especie de efecto dominó que hizo que otras firmas se interesaran en mí y eso fue muy relevante porque siento que me acercó a otro tipo de audiencias más allá de las especializadas en música clásica”.
Fotos: Andrea Tejeda Korkowski
Todo esto es, sin duda, parte de un bagaje cultural clave en su nuevo hogar, que sigue siendo la capital de la moda y ciudad definitoria de lo que consideramos lujo en la actualidad. “Por supuesto estoy aprendiendo todo lo que puedo sobre París desde un punto de vista interdisciplinario, no solo desde la música. Para mí es muy importante saber lo que se hace en relación a literatura, cine, moda. Creo que es importante tener versatilidad”, asegura. Es por eso que además de tomar clases con el legendario profesor de piano Pierre Réach, está estudiando un posgrado en lengua y civilización francesa en la Sorbonne. ¿Cómo ocurrió todo esto si Ana Gabriela en realidad no lo estaba buscando? Con detener el scroll de redes sociales en el instante adecuado, porque fue entre ese mar de información que vio la convocatoria de beca (que por supuesto ganó) para el curso que ahora está tomando en la universidad. “Eso coincidió con que, en L’École Normale de Musique de París conocí al maestro Réach. Él me escuchó tocar en Viena y me invitó a sus clases. Así que ahora estoy haciendo el proceso para entrar a L’École el segundo semestre de este año”. Todo eso se está sumando a una nueva y estimulante vida social que suena a como nos hizo imaginar el cine en películas como Midnight in Paris: “Estoy teniendo mucho trabajo y oportunidades”, nos cuenta Ana Gabriela con entusiasmo, “pero además estoy conociendo a muchísima gente interesante. Escritores, cineastas, músicos… Me queda claro que esto es lo que tenía que hacer”.
Armarse de valor
“Separarse de la especie por algo superior no es soberbia, es amor […]. Poder decir adiós es crecer”, escribió Gustavo Cerati en su canción “Adiós”. Es raro citar una pieza de rock argentino de los primeros dosmiles al hablar de una concertista como Ana Gabriela Fernández, pero música es música después de todo —y ella nos confesó que tiene una debilidad por el trabajo de Dua Lipa. Justificaciones aparte, la referencia resuena al ser esta la historia de una despedida por amor. “Me tocó irme de México en este momento. Es uno de esos puntos de inflexión en la vida que son muy fuertes y que, aunque sean emocionantes, no son fáciles. Siento que antes no hubiera tenido la fuerza para hacerlo. Ahora creo que la tengo y, aunque será complicado, no tengo miedo de lo que venga. He aprendido a afrontar las cosas con optimismo”, explica.
Foto: Andrea Tejeda Korkowski
Y es que la vida le ha dado tablas para poder hacerlo. Ya tuvo que separarse de una familia, de una casa y siempre ha salido estoica al escenario, a pesar de alguna fiebre, de un problema privado, un duelo. “El público espera lo mejor de ti y no tiene que saber qué problemas tienes o cómo te sientes. Como intérprete tienes que aprender a tener corazas y armarte de valor porque cada vez que sales al escenario lo tienes que dar todo. Pero todo, todo. Es muy difícil; ni siquiera sé cómo lo hago, pero hay que dejar que la música fluya. Siento que lo que estoy viviendo ahora es como haber terminado un recital así y comenzado otro inmediatamente. Es un decir adiós a mi vida en México para entrar a otro momento. Uno de transformación, un cierre de ciclo y bueno, eso es parte de la vida y hay que seguir. Ya el paso más fuerte que di fue querer dedicarme a esto”. ∞