EL PRESENTE QUE SE ESTIRA

Tres generaciones, un safari y la idea africana del tiempo que explica por qué veinte años pueden desaparecer en un abrazo

En el aeropuerto de Ciudad del Cabo alguien grita mi nombre desde el otro lado de la banda de equipaje. Es una amiga de la infancia a la que no veo desde hace 20 años. Vive en Johannesburgo y organiza safaris en varios países de la región para ganarse la vida, algo que ninguna de las dos hubiera podido anticipar cuando estudiamos juntas en Caracas. Nos abrazamos y el abrazo dura lo que duran los abrazos a los 15, sin mucho cálculo de por medio. Reconectamos con la sensación de que habían pasado 20 minutos y no 20 años: la misma esencia de la adolescencia, aunque ahora somos adultas, con algún divorcio detrás y varias canas que ninguna se molesta en teñir. Hablamos las dos a la vez, con la misma cadencia de entonces, mil cosas que contarnos. Fue como si esas dos décadas se hubieran quedado guardadas en algún cajón, esperando el momento de salir otra vez.

Viajamos por Sudáfrica y Zimbabue en un grupo de ocho: mis padres, mi novio, mi hermano, mi cuñada y sus dos hijos, de ocho y seis años. Un viaje de tres generaciones corre con ritmos distintos. Mis papás, que están por cumplir 70, sienten que cuentan los viajes que les quedan con los dedos de una mano. Mis sobrinos, dos pequeños universos en expansión, preguntan a cada rato cuánto falta para llegar, olvidando la respuesta apenas se las damos. Y los demás, en el justo medio, tratamos de adaptarnos a ambas cadencias.

DE VINO Y MAR

Ciudad del Cabo funciona con vino, arquitectura y un mar que cambia de color según la hora del día, muy lejos del cliché de safari con el que uno suele llegar. Es una ciudad moderna, amable con quien camina, con cafés que abren temprano y una vida propia que no depende en absoluto del turista. Subimos a Table Mountain en teleférico una mañana con poco viento. La roca bajo nuestros pies tiene cerca de 500 millones de años. Es más vieja que los Alpes y que el Himalaya. Desde arriba, entendemos por qué le dicen la Ciudad Madre: el Atlántico de un lado, la ciudad entera del otro, ninguna foto que le haga justicia. Bajamos directo a Kirstenbosch, el jardín botánico apoyado contra la falda oriental de la montaña. Fue, en 1913, el primer jardín del mundo dedicado completamente a proteger la flora nativa de una región y al día de hoy alberga más de 7,000 especies de plantas autóctonas.

De camino a Paarl, en pleno corazón de los Winelands, paramos a probar chenin blanc y pinotage, la uva insignia sudafricana creada en 1925 por un profesor de la Universidad de Stellenbosch al cruzar pinot noir y cinsault (también conocido como hermitage, de ahí su nombre). Una cata que fue el punto de partida para que cada comida del viaje fuera acompañada por vinos deliciosos a precios absurdos de tan razonables.

El recorrido por la península nos llevó hasta el Cabo de Buena Esperanza. Muchos dicen que este es el punto más austral del continente, aunque el título real le pertenece al Cabo de Agulhas, que está a unos 150 kilómetros. Entre la caminata y las vistas de los acantilados y el océano infinito, nos quedamos sin aliento. De regreso, paramos por Boulders Beach para ver a cientos de pingüinos africanos instalados sobre la arena, una sorpresa inesperada en este rincón del planeta. La última noche en Ciudad del Cabo cenamos juntos. Mi padre pidió que brindáramos, aunque luego nadie recordó bien por qué. Al día siguiente volamos al este, hacia Kruger, y ya no habría ni playa ni viñedos.

Los simpáticos pingüinos de Boulders Beach son un avistamiento inesperado en la ruta.

En busca de los Big Five

Aterrizamos en una pista de tierra sin mucha infraestructura; solo una casita fungiendo como aeropuerto y un par de camionetas esperándonos. El calor pega distinto al de la ciudad, mucho más seco y con olor a pasto en vez de mar. Balule, nos explica el guardabosques que nos recibe, significa búfalo en tsonga, la lengua de los shangaan que cuidan esta tierra desde mucho antes de que fuera considerada una reserva. No existen cercas entre la Reserva Natural Balule y el Gran Parque Nacional Kruger, sumando un territorio de millones de hectáreas donde los animales cruzan fronteras que nosotros dibujamos y ellos ignoran. Esa primera tarde salimos a buscar leones siguiendo huellas frescas en la tierra. El rastreador va sentado al frente, con las piernas colgando, y lee el suelo como quien lee un periódico: pasaron hace una hora, nos dice, son dos adultas con sus cachorros.

El majestuoso león con el que coincidió este safari.

Aquí todos buscan completar su bingo con los mismos cinco animales: león, leopardo, elefante, búfalo y rinoceronte. Les dicen big five desde el siglo XIX, cuando el término era usado por los cazadores para nombrar los cinco animales más peligrosos de cazar a pie. Aunque la caza está oficialmente prohibida en la zona desde hace más de 100 años, sigue existiendo la caza furtiva ilegal; solo en 2025 se cazaron 175 rinocerontes dentro del parque nacional.

Salimos a las cinco y media de la mañana, cuando todavía está oscuro y hace mucho más frío de lo que anticipamos. Volvemos a mediodía, cuando el calor empieza a espantar a los animales hacia la sombra. La segunda salida es al final de la tarde, con una pausa fija al atardecer para bajar del vehículo, estirar las piernas y brindar con una copa mientras el cielo oscurece. Regresamos ya de noche, con los faros del jeep cazando ojos entre los arbustos. Mis sobrinos llevaban una cuenta meticulosa de cada avistamiento en una libreta improvisada, la mejor estrategia que encontramos para mantenerlos entretenidos entre parada y parada. Elefantes, jirafas, rinocerontes, cebras, impalas, monos… estar dentro de la majestuosidad del reino animal nos hace sentir, de la mejor manera posible, completamente irrelevantes. Luego, tras tres días de safari, hacemos escala en Johannesburgo, cuyos rascacielos nos recuerdan el mundo del que venimos, y al día siguiente cruzamos a Zimbabue, hacia el sonido que se escucha antes de verse.

El lugar donde no existe el futuro

Los kololo las llamaban Mosi-oa-Tunya, el humo que truena, mucho antes de que David Livingstone las viera por primera vez en 1855 y las bautizara Victoria en nombre de su reina. Es la cortina de agua más ancha y alta del planeta si se cuentan las dos medidas juntas: 1,700 metros de ancho, 108 de caída, el doble del Niágara.

Las cataratas Victoria, conocidas localmente como Mosi-oa-Tunya.

El pueblo tonga cuenta que en el río vive Nyaminyami, un espíritu con cuerpo de serpiente y cabeza de pez que castiga a quien intenta domar el Zambeze. Para llegar al campamento, tenemos que recorrer unos 30 kilómetros dentro del parque nacional. El tiempo del trayecto depende de qué animales nos cruzamos en el camino. Los babuinos son quienes nos reciben, juguetones, a la entrada del lodge. Al atardecer, todos los días, decenas de elefantes bajan al río a beber y a refrescarse, las crías metidas entre las patas de las madres. Dormimos en carpas a la orilla del río, junto a los letreros que especifican que tengamos cuidado con los cocodrilos. La primera noche nadie logra conciliar el sueño con los hipopótamos rondando y masticando detrás de las carpas. Pero eventualmente nos acostumbramos a los sonidos nocturnos como nos acostumbramos siempre a todo.

La última tarde hicimos un crucero por el río donde convergen Zimbabue, Botsuana, Namibia y Zambia. Comimos carnes locales y bebimos vinos de la región mientras los hipopótamos asomaban la cabeza cada tanto en el paisaje anaranjado. Nuestro guía, que ya ha hecho este recorrido miles de veces, sigue señalando cada ave con auténtico entusiasmo. Nos asegura que tiene el trabajo de sus sueños y cuando mi sobrino le pregunta si puede tocar el timón, le entrega el mando sin dudarlo.

La elegancia hipnótica de un guepardo en reposo.

En varias lenguas del este y centro de África no existe una palabra para el futuro lejano tal como lo entendemos de este lado del mundo. El teólogo keniano John Mbiti describió esta lógica a finales de los años 60 con dos palabras del suajili: zamani, el pasado sin fondo donde caben todos los hechos que ya ocurrieron, y sasa, un presente elástico que se estira hacia adelante, solo hasta donde algo puede darse por seguro (como la próxima cosecha o la próxima lluvia). Otros académicos han cuestionado esta lectura por generalizar culturas demasiado distintas entre sí bajo una sola idea. A pesar de esa objeción, la idea central me acompañó todo el viaje: lo que no tiene fecha ni garantía se queda afuera, a la espera de que ocurra.

Las manadas de elefantes que vimos beber al atardecer en el Zambeze funcionan más o menos así. Son las hembras mayores las que cargan la memoria del grupo: dónde encontrar el agua en un año de sequía, qué rutas evitan el peligro. El futuro de la manada depende de lo que la más vieja recuerda del pasado. Y aunque quizá no hacía falta cruzar medio mundo para reconocer el patrón, ayudó verlo tan claro. Pasé un tiempo reflexionando sobre eso. Pensando en mis padres, que ahora miden lo que les queda en cosechas concretas y no en promesas abstractas. En mis sobrinos, que viven enteros en el sasa, sin apuro por llegar a un futuro inexistente. En mi amiga de infancia y en nuestro reencuentro que pudo borrar 20 años de separación con un abrazo porque ese tiempo nunca dejó de estar ahí, a la espera de volver a ser presente.

Regresé pensando en cuántas veces volveré a sentarme junto al fuego con mi familia, mientras mis padres aún puedan hacer el viaje y mis sobrinos quieran pasar tiempo con nosotros. Apenas aterricé en Ciudad de México le escribí a mi amiga. Fue un mensaje corto, sin mucha ceremonia, como el de quien retoma una conversación que nunca se cortó del todo. Un tono que resume lo que aprendí en esta aventura africana: el tiempo se acumula en algún lugar al que basta con volver para encontrarlo intacto. ∞

3 CÓMPLICES DE VIAJE

La vida salvaje es una de las múltiples y más interesantes inspiraciones de la relojería. Las piezas que elegimos como compañeras para esta aventura nos muestran sus interpretaciones más recientes con un derroche de técnicas artísticas y artesanales.

Tortue Panthère Métiers d’Art Cartier

Oro blanco, 43.7 x 34.8 mm. Esmalte excavado en carátula y caja con ojos de esmeralda, nariz de ónix y corona de esmeralda. Correa de aligátor.

Gondolo Serata “Zebra” Patek Philippe

Oro rosa, 28.6 x 40.85 mm. Engaste de espesartinas, carátula de zafiro grabada y entintada con metalización negra y barniz blanco. Correa de piel de becerro blanca con acabado satinado.

Safari Capsule Tiger Orange Dennison

Acero, 37 x 33.5 mm. Engaste de diamantes, carátula de madreperla con esmalte negro. Correa de ante con hebilla engastada con diamantes.

PARA DORMIR:
– THE WINCHESTER BOUTIQUE HOTEL CAPE TOWN: Hotel base para los días de península, Table Mountain y Kirstenbosch. @thewinchester_hotell
– MOHLABETSI SAFARI LODGE: Sin cercas hacia la Reserva Natural Balule y el Gran Parque Nacional Kruger, con game drives privados que salen del lodge. mohlabetsi.co.za
– THE SAXON HOTEL, VILLAS & SPA: A minutos del centro de Sandton: jardines, alberca y la suite donde Mandela terminó de escribir El largo camino hacia la libertad. Excelente opción en Johannesburgo. saxon.co.za
– SIAN SIMBA RIVER LODGE: Carpas sobre el Zambeze, a pocos kilómetros de las cataratas Victoria. siansimba.com

PARA COMER
– FAIRVIEW, PAARL: Parada obligada camino a Paarl, con cata de chenin blanc entre las cabras de la torre y el restaurante Goatshed para comer con productos de la granja. fairview.co.za
– KANONKOP, STELLENBOSCH: La casa histórica del pinotage, a 40 minutos de Ciudad del Cabo, para quien quiere entender de dónde proviene exactamente la uva insignia sudafricana. kanonkop.co.za
– HARBOUR HOUSE, V&A WATERFRONT: Pescado y mariscos frescos con vistas al puerto. Es una buena opción para cerrar cualquier noche en Ciudad del Cabo. harbourhouse.co.za

PARA PLANEAR:
– SHIKWARU ADVENTURES; La agencia que armó cada tramo de este viaje, con base en Johannesburgo. shikwaru-adventures.com

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