BAJO EL MISMO CIELO

“Vivir, como un árbol, solo y libre, y como un bosque, fraternalmente”, decía el poeta turco Nâzım Hikmet. Sus palabras resuenan en este viaje al sudeste del país más antiguo; el posible punto cero.

El primer llamado del muecín nos despierta antes del amanecer en Gaziantep y nos seguirá una semana entera. Desde minaretes que asoman entre puestos de pistache y pimientos secos, el rezo cae sobre la ciudad cinco veces al día, una capa más sobre tantas. La banda sonora del sudeste turco es el llamado a oración, mezclado con el bullicio de los bazares y con el silencio de templos diez mil años más viejos que cualquier mezquita.

La reputación de Estambul precede a Turquía: cuna de imperios, puente entre Asia y Europa. Después, en el imaginario del viajero, asoman el paisaje marciano de Capadocia, los globos al amanecer y las ruinas grecorromanas frente al Egeo, como Éfeso, sobre todo. En efecto, maravillas del mundo. Pero Turquía es un país en estratos, y bajo el de la postal vive otro: el de los hititas y los asirios, el del Tigris y el Éufrates, el de algunas de las ciudades continuamente habitadas más antiguas del planeta. Ese país más antiguo se erige en el sudeste, donde turcos, kurdos y árabes sirios comparten las mismas calles sobre el suelo de la Creciente Fértil.


De izquierda a derecha: El té turco es un símbolo de hospitalidad y de identidad cultural. Foto: Ahmet Kurt. Las antiguas calles de Gaziantep. Foto: Beyza Emisen. En la página anterior: Una mujer en su visita al Museo de mosaicos de Zeugma. Foto: Furkan Elveren.

Hacia allá fuimos, dejando Estambul atrás, a donde los milenios son vecinos.

I. GAZIANTEP

El primer aterrizaje es Gaziantep, capital culinaria de Turquía según la UNESCO. El casco antiguo es un laberinto de callejuelas color ocre, salpicadas con visos rojos, verdes y marrones: los pimientos y las berenjenas que se secan afuera de los puestos de bazar, los montículos de pistache, las aceitunas que van del verde tierno al negro absoluto. En el bazar del cobre, hacia las ocho de la mañana, comienza el martilleo para formar cafeteras, cucharas, sartenes. Buscando monedas otomanas para el tío numismático de Tom, mi pareja de vida y viaje, entramos a un puesto pequeño donde un hombre de mediana edad nos recibe con un inglés titubeante. La primera moneda otomana que elegimos, de plata, cuesta 2,000 dólares. La dejamos caer en el montón, con disimulo. Después de mucho buscar y negociar, terminamos llevándonos: Tom, otra moneda otomana, mucho más modesta, y yo, una iraní de la era del Sha de Irán. El hombre nos sirve té, esa costumbre por la cual uno acaba bebiendo ocho tazas, una en cada tienda, en cada visita. Por medio del traductor de Google y con el escaso turco que apenas dominamos, platicamos un rato. Nos confiesa que Trump le parece un desquiciado, que Erdoğan, el presidente de Turquía, no se queda atrás y que, aun así, “la bondad acabará por imponerse”.

Las animadas calles de Şanlıurfa. En sus tiendas y bazares se ofrecen objetos de cobre, aceite y agua de rosas, pistaches, jabones de aceite de oliva o miel. Foto: Ahmey Rüzgar.

Salimos endulzados, y esa dulzura la alargamos con katmer: pasta filo finísima rellena de kaymak, una nata espesa, espolvoreada con polvo de pistache. El amor por el pistache aquí es tal que en turco existe un cariñoso fıstığım, o “mi pistachito”. Tom me llamaría así el resto del viaje.

Una de nuestras razones principales para venir, además de la herencia culinaria, es el Museo de Mosaicos de Zeugma, el más grande del mundo. La mayoría de las piezas son romanas, rescatadas de la antigua ciudad de Zeugma, a orillas del Éufrates, antes de que una presa las sumergiera para siempre a principios de los 2000. La obra estrella es La niña gitana, mosaico del siglo II. La pieza está sola, en un cuarto oscuro, y su mirada en tres cuartos persigue al visitante como la Mona Lisa. Nadie sabe a quién representa. Unos creen ver a Alejandro Magno joven, otros a una ménade del séquito de Dionisio, otros a la hija anónima de algún noble de Zeugma. Lo único cierto es que lleva casi dos milenios mirando sin parpadear. Pasamos tres horas absortos entre teselas diminutas que componen escenas dignas de un pintor barroco. Dionisio aparece una y otra vez —curioso, porque aquí en el sudeste casi no se bebe. Para reconciliarnos con el cuerpo al estilo de este dios, almorzamos en İmam Çağdaş, una institución local: ayran (yogurt líquido salado) y un Ali Nazik, cordero sobre cama de berenjena ahumada y yogurt, bañado en aceite de pimiento.

II. ŞANLIURFA

El autobús de Gaziantep a Şanlıurfa cruza el Éufrates por un tramo estrecho, y pienso en todo lo que se inventó, navegó y soñó en sus aguas. Nuestro hotel es un ex monasterio siríaco de 1,200 años. Hay pocos turistas: la guerra en Irán ha asustado a quienes leen mapas con miedo. La verdad es que en estas calles los robos son casi inexistentes y la amabilidad bordea en lo empalagoso. Los turcos del sudeste nos dicen que llevan siglos viviendo junto a fronteras agrietadas y en conflicto.

Şanlıurfa fue hogar de persas, bizantinos, babilonios, macedonios y romanos. Hoy conviven turcos, árabes, sirios y kurdos. Visitamos primero Balıklıgöl, el estanque sagrado donde, según la leyenda, el rey Nimrod condenó a Abraham a morir en una pira. Las llamas se transformaron en agua y la madera, en peces. La cueva donde se dice que nació el profeta está a unos pasos, dividida en entradas para hombres y mujeres. Del lado mío, observo a las mujeres rezar, algunas se toman selfies. Tras un pudor inicial, también yo saco el teléfono y tomo algunas fotos.

Al día siguiente vamos a Göbekli Tepe, sitio arqueológico de más de 10,000 años. Para ponerlo en contexto, es anterior a la rueda y anterior a la escritura, y ha hecho a los historiadores replantearse la historia. La idea era que los humanos se asentaron al inventar la agricultura. Surge entonces otra hipótesis: tal vez fueron los ritos los que pusieron fin a nuestro peregrinaje constante. El centro ceremonial, protegido bajo un techo moderno en forma de disco inclinado, se levanta sobre una loma con vistas a colinas verdes interminables. La forma del techo resulta irónica: hay quienes, desde las teorías de conspiración, aseguran que el sitio fue creado por extraterrestres. Es difícil imaginar a hombres y mujeres del Neolítico cargando piedras hasta acá arriba para tallar buitres, jabalíes y lagartijas en honor a un dios o diosa cuyo nombre tal vez nunca sabremos. Estamos casi solos. Pienso en cuán constantes son los ritos en la historia de la humanidad, y en cuán reciente nos parece, desde aquí, el imperio romano.

De arriba hacia abajo: Vista de la histórica ciudad de Halfeti, en Şanlıurfa. Foto: Enes Aktas. La mezquita Halil Ur-Rahman en Balıklıgöl. Fotos: Pedro Domingos y Aysegul Aytoren.

Esa noche, de vuelta en Şanlıurfa, participamos en una Sıra Gecesi, reunión tradicional de la región donde se canta, se baila y se comparte cena. La pareja de al lado, al ver mi cara perdida cuando llega el momento en el que el público solicita canciones, pide en nuestro nombre “Mihriban”, una balada folclórica sobre un amor perdido que todos en la sala saben de memoria. Cuando llega el momento del halay —una danza donde los participantes se toman de los meñiques y bailan en círculo—, no aceptan un no como respuesta y nos arrastran al ruedo. El ritmo se acelera y terminamos sudando, sosteniendo la mano de un desconocido que nos sonríe como si nos conociera de siempre.

III. HARRÁN

Antes de salir hacia Harrán dedicamos la mañana al Museo Arqueológico de Şanlıurfa, con 34,000 metros cuadrados que albergan, entre otras cosas, piezas originales de Göbekli Tepe. De cerca, los buitres y jabalíes tallados en piedra son impresionantes. Pero la obra que más nos mueve es el Hombre de Urfa, considerada la estatua humana de tamaño natural más antigua del mundo, que data cerca del 9000 a. C. Sus ojos de obsidiana parecen guardar secretos que no nos confiará. Así se nos pasa el tiempo entre estelas asirias y sumerias, y salimos del museo más tarde de lo planeado.

Vista posterior de las famosas casas colmena tradicionales de Harrán. Foto: Aysegul Aytoren.

El dolmuş, un minibús sin horario fijo, rumbo a Harrán tarda otra media hora en llenarse antes de arrancar, y para cuando finalmente cruzamos la planicie hacia la frontera siria ya cargamos un retraso considerable. Justo antes de salir de Şanlıurfa sube un señor mayor, blazer gastado y reloj dorado. Pide permiso para sentarse cerca de nosotros y, en un inglés fluido, se lanza a hablar de Palestina, de Erdoğan, de Trump, incluso de México. Es el granjero más informado que he conocido en mi vida. En algún punto, mirándonos a los ojos, dice: “Yo soy musulmán, ustedes cristianos, pero somos humanos antes que cualquier otra cosa, y queremos lo mismo para los que nos importan”. Se baja antes de Harrán. Nos desea buen camino y, casi al cerrar la puerta, que algún día nuestras civilizaciones encuentren la calma.

Llegamos a Harrán cerca de las cuatro de la tarde. En la parada, un hombre grande con tocado kurdo nos reconoce como turistas: “¿Por qué llegaron tan tarde? Ya no alcanzan a ver todo”. Tiene un amigo, dice, que con un taxi puede llevarnos por los puntos esenciales antes de que oscurezca. Dudamos, negociamos, y accedemos. Así conocemos a Salih, un taxista local quien nos rescata para ir de lugar a lugar de interés, más rápido y completar el circuito antes de que anochezca. Primero, las ruinas de la Universidad de Harrán, fundada en el siglo VIII d. C. Llegó a tener 8,000 estudiantes, y desde aquí se tradujo del griego al árabe buena parte del pensamiento clásico que Europa, siglos después, “redescubriría”. La invasión mongola la borró del mapa en 1260. Hoy queda un minarete, dos arcos y mucho silencio. Cruzamos hacia la Puerta de Alepo, la única que sigue de pie de la antigua muralla de cuatro kilómetros que protegía la ciudad. Nos siguen unos niños haciendo el corazón con los dedos a la manera del K-pop. “Vienen muchos turistas coreanos”, nos explica Salih. Caminamos entre rebaños de borregos y niñas pastoras, hasta el castillo de Harrán, en restauración, pero sin nadie que lo vigile. En la penumbra, una figura emerge: “¡Pensé que eran la policía!”, exclama un joven asiático en inglés. Es chino, viaja desde Siria, y acaba de perder el último autobús a Şanlıurfa. Tiene una bolsa de plástico con piedras y fragmentos de cerámica que suelta avergonzado cuando Salih le pregunta por ellas. Habla en árabe con nuestro guía, dice que quizá duerma en estas ruinas. Lo vemos alejarse colina arriba, tragado por la luz de la tarde. Tom y yo intentamos leer la metáfora oculta en este surreal momento. Nos damos por vencidos.

Vista frontal de las casas colmena. Foto: Ekrem Osmanoglu.

Cerramos el día en una casa colmena —vivienda de adobe, con cúpulas cónicas— donde el mismo hombre que nos consiguió el taxi nos sirve un café de pistache espeso y dulce. Ya no vive nadie en estas casas y ahora son museos. Pero por un momento, sentados viendo el sol que baja sobre las planicies que se extienden hasta Siria, es fácil imaginar la rutina de quienes aquí sembraron, oraron y enterraron a sus muertos durante cuatro milenios.

Servicio de café al estilo turco. Foto: Ahmed Q.

***

De vuelta a Şanlıurfa pienso en quienes nos dieron rumbo: el granjero del dolmuş, Salih y los niños de Harrán, el chino saqueador. Pienso en Abraham y en Göbekli Tepe, en los mosaicos de Zeugma, en los muecines que han sido la banda sonora del viaje. La maravilla del sudeste turco no son sus ruinas, espectaculares como son, sino la naturalidad con que sus habitantes, herederos de tantas civilizaciones superpuestas, ofrecen un té al desconocido y le cuentan, como si fuera lo más obvio del mundo, que bajo el mismo cielo todos queremos lo mismo. ∞

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